LAS NOTICIAS DE CHABELITA

Por Federica  Barba

A las doce del día, llega con dos bolsas de mandado, se esfuerza al agacharse, se vuelve a poner de pie. De un poste, en la acera de enfrente, desamarra el esqueleto de lo que se convertirá en el puesto de periódicos. Camina lento, ajena a la prisa de la gente que pasa junto a ella. Otra vez va y viene por una silla de acero atada también al poste.

Saca el contenido de las bolsas: siete periódicos distintos y seis revistas. Ya está fatigada. Con la mano derecha se arregla el cabello blanco despeinado por el esfuerzo.

Nuevamente va a la contra esquina, en el puesto de la fruta pide, como siempre, cajas de madera. Que coloca en el pavimento. Para evitar que se estacionen alrededor de su puesto.

Un carro intenta tomar el lugar. Su conductor baja con su niño de unos tres de edad.

-¡Quite su auto de mi lugar! ¡Nadie se puede poner aquí, hay mucho espacio en otro lado! -Grita ella muy enojada y manoteando.
Indiferente, el hombre camina y lleva de la mano al niño, pero cuando pasa junto al puesto de periódicos, ella saca de sus bolsas una botella, la abre y avienta agua sobre el niño. El llanto es inmediato.
-¡¿Qué le pasa?! ¿Por qué moja al niño? ¡Ya está grande para que haga esto! ¡¿Por qué moja a mi hijo?! -dice el hombre enojadísimo.
-Pues, quítese de mi lugar, por eso hay mucho espacio. -responde aún con la botella en la mano y le receta groserías.
Se intercambian gritos e insultos. Los curiosos rodean la escena. Algunos vecinos defienden a la mujer. El hombre, furioso, carga al niño que no deja de llorar. Se sube al auto y se va. Los mirones se van murmurando. Unos pocos serenan a  Chabelita.
Así es Isabel  González  o  Doña Chabelita  como la conocen pocos vecinos y muchos más como la señora enojona del puesto de periódico. Chabelita tiene 78 años de edad, vive con su nieta y el esposo de ésta.
Omar Escobedo
Vende periódico en la esquina de Zapotecas y Rey Meconetzin en Ajusco, Coyoacán. Desde que las calles ni pavimentadas estaban, hace 38 años, tiene el puesto en el mismo lugar. No había nada "ni siquiera estas casas que están alrededor. La colonia todavía no se formaba. Y un señor Juan Toledo vendía los terrenos de esta colonia, pero tonta me decían cómprese uno y yo no hice caso. Ahora estoy de arrimada con la nieta porque ni los hijos me quieren dicen que soy mala. Me corrieron de sus casas", interrumpe y saca de la falda floreada un lienzo blanco que dobla para apañar las lágrimas.

Doña Chabelita es tlaxcalteca la menor de 13 hermanos. Pasó la niñez con el gusto de ir con sus papás al cine, a ver a Pedro Infante y Jorge Negrete. Se recuerda tranquila y obediente. Llegó a segundo de primaria. Un día, saliendo de clases, se la robaron.

Lo dice como si hubiera sido esta tarde: dos hombres la atraparon, la subieron en un carro y no pudo bajarse. Uno tenía 25 años. Así la raptó para que fuera su mujer y la llevó a otro pueblo de Tlaxcala, de donde ella, de 13 años, no supo volver a su casa.

Vivió un año con la familia del bandido. De casualidad, reconoció a su papá en el mercado del pueblo y con él regresó a casa. "Me preguntaron por qué no les dije nada de mi novio, Y cuál novio si era la primera vez que lo veía, yo ni lo conocía", se queja. Chabelita y hace como que le da pena, mientras se sube las calcetas azul.

"Mi madre se alegró de verme, pero me dijo que me fuera porque ya había sido de él. Mi esposo platicó con mis papás y me regresé de vuelta a su casa con mis suegros, pero ahora sí, ya casada por el civil nada más. Porque por la Iglesia no podía”.

Después, el hombre trajo a Chabelita a vivir a la Ciudad de México, pero se fue con otra. La dejó con tres hijos. Ella comenzó a limpiar casas y luego una vecina le aconsejó que vendiera periódico.

Desde entonces todos los días se levantaba a las cinco de la mañana e iba con sus hijos por la mercancía. "Uno, lo traía con mi rebozo en la espalda; otro, lo cargaba con un brazo y del otro brazo traía el periódico y llevaba a la niña caminando. Todos estaban bien chiquitos y tuve que empezar a trabajar, si no de qué vivíamos”

Iba de Ajusco al ahora metro Portales por el periódico. Luego armaba el puesto encima de las piedras, al lado de un árbol seco. Las calles aún no se definían en medio de la tierra suelta. Chabelita alternó la venta de noticias con otros trabajos: acarreó agua, batió el chapopote para pavimentar "Sangraban las manos de que movíamos las piedras -dice mientras se observa las manos detenidamente- y luego me dolía la espalda porque eran muy pesadas; y ahora ¡a ver! cualquiera quiere poner su auto, ¡que lo hubieran puesto en aquel entonces, entre piedras, a ver si podían!"

Su nieta le dice que ya no trabaje, que mejor se quede en casa. Pero Chabelita  insiste todos los días, se le observa en la misma esquina, porque esta convencida de una certeza personal que la anima a pelear contra todo: “si me encierro, me doblo”